El rey de harlem
Con una cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara. Fuego de siempre dormia en los pedernales,
y los escarabajos borrachos de anis
olvidaban el musgo de las aldeas. Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujia la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida. Las rosas huian por los filos
de las ultimas curvas del aire,
y en los montones de azafran
los ninos machacaban pequenas ardillas
con un rubor de frenesi manchado. Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmon
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente pina. Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los punos cerrados
a las pequenas judias que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas. ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje. Tenia la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban ninos y monedas en el vientre
y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazon por las heladas montanas del oso. Aquella noche el rey de Harlem con una durisima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empanaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines. Negros, Negros, Negros, Negros. La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del punal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cancer. Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados. Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, nectares de subterraneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana. Es la sangre que viene, que vendra
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo. Hay que huir,
huir por las esquinas y encerrarse en los ultimos pisos,
porque el tuetano del bosque penetrara por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante destenido y rosa quimica. Es por el silencio sapientisimo
cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los angulos del salitre. Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros
un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos
y una pila de Volta con avispas ahogadas. El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monoculo,
el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Medulas y corolas componian sobre las nubes
un desierto de tallos sin una sola rosa. A la izquierda, a la derecha, por el sur y por el norte,
se levanta el muro impasible
para el topo, la aguja del agua.
No busqueis, negros, su grieta
para hallar la mascara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una pina zumbadora. El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa,
el sol que destruye numeros y no ha cruzado nunca un sueno,
el tatuado sol que baja por el rio
y muge seguido de caimanes. Negros, Negros, Negros, Negros. Jamas sierpe, ni cebra, ni mula
palidecieron al morir.
El lenador no sabe cuando expiran
los clamorosos arboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas turben postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podreis besar con frenesi las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moises casi en los juncos del cielo. ¡Ay, Harlem, disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentio de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor,
me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a traves de laminas grises
donde flotan tus automoviles cubiertos de dientes,
a traves de los caballos muertos y los crimenes diminutos,
a traves de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.

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