Romance del emplazado

Poema:

¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado,
donde se aleja tranquilo
un sueno de trece barcos.
Sino que, limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte
de metales y penascos,
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados. Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se banan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonambulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo. El veinticinco de junio
le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
naceran en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderan los zapatos. Sera de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos sonando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires frios
de metales y penascos.
Porque dentro de dos meses
yaceras amortajado. Espadon de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado. El veinticinco de junio
abrio sus ojos Amargo,
y el veinticinco de agosto
se tendio para cerrarlos.
Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sabana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus panos.

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