Romance historico i. martirio de santa olalla
Por la calle brinca y corre
caballo de larga cola,
mientras juegan o dormitan
viejos soldados de Roma.
Medio monte de Minervas
abre sus brazos sin hojas.
Agua en vilo redoraba
las aristas de las rocas.
Noche de torsos yacentes
y estrellas de nariz rota
aguarda grietas del alba
para derrumbarse toda.
De cuando en cuando sonaban
blasfemias de cresta roja.
Al gemir, la santa nina
quiebra el cristal de las copas.
La rueda afila cuchillos
y garfios de aguda comba.
Brama el toro de los yunques,
y Merida se corona
de nardos casi despiertos
y tallos de zarzamora. El Martirio Flora desnuda se sube
por escalerillas de agua.
El Consul pide bandeja
para los senos de Olalla.
Un chorro de venas verdes
le brota de la garganta.
Su sexo tiembla enredado
como un pajaro en las zarzas.
Por el suelo, ya sin norma,
brincan sus manos cortadas
que aun pueden cruzarse en tenue
oracion decapitada.
Por los rojos agujeros
donde sus pechos estaban
se ven cielos diminutos
y arroyos de leche blanca.
Mil arbolillos de sangre
le cubren toda la espalda
y oponen humedos troncos
al bisturi de las llamas.
Centuriones amarillos
de carne gris, desvelada,
llegan al cielo sonando
sus armaduras de plata.
Y mientras vibra confusa
pasion de crines y espadas,
el Consul porta en bandeja
senos ahumados de Olalla. Infierno y Gloria Nieve ondulada reposa.
Olalla pende del arbol.
Su desnudo de carbon
tizna los aires helados.
Noche tirante reluce.
Olalla muerta en el arbol.
Tinteros de las ciudades
vuelcan la tinta despacio.
Negros maniquies de sastre
cubren la nieve del campo
en largas filas que gimen
su silencio mutilado.
Nieve partida comienza.
Olalla blanca en el arbol.
Escuadras de niquel juntan
los picos en su costado. Una Custodia reluce
sobre los cielos quemados
entre gargantas de arroyo
y ruisenores en ramos.
¡Saltan vidrios de colores!
Olalla blanca en lo blanco.
Angeles y serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

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