Del conocimiento de si mismo

Poema:

Cancion En el profundo del abismo estabas
del no ser encerrado y detenido,
sin poder ni saber salir afuera,
y todo lo que es algo en mi faltaba,
la vida, el alma, el cuerpo y el sentido
y en fin, mi ser no ser entonces era,
y asi de esta manera
estuve eternamente
nada visible y sin tratar con gente,
en tal suerte que aun era muy mas buena
del ancho mar la mas menuda arena
y el gusanillo de la gente hollado
un rey era, conmigo comparado. Estando, pues, en tal tiniebla oscura,
volviendo ya con curso presuroso
el sexto siglo el estrellado cielo,
miro el gran Padre, Dios de la natura,
y viome en si benigno y amoroso,
y sacome a la luz de aqueste suelo,
vistiome de este velo,
de flaca carne y gueso,
mas diome el alma, a quien no hubiera peso,
que impidiera llegar a la presencia
de la divina e inefable Esencia,
si la primera culpa no agravara
su ligereza y alas derribara ¡Oh culpa amarga, y cuanto bien quitaste
al alma mia! ¡Cuanto mal hiciste!
Luego que fue criada y junto infusa,
tu de gracia y justicia la privaste,
y al mismo Dios contraria la pusiste
ciega, enemiga, sin favor, confusa,
por ti siempre rehusa
el bien, y la molesta
la virtud, y a los vicios esta presta
por ti la fiera muerte ensangrentada,
por ti toda miseria tuvo entrada,
hambre, dolor, gemido, fuego, invierno,
pobreza, enfermedad, pecado, infierno. Asi que en los panales del pecado
fui, como todos, luego al punto envuelto
y con la obligacion de eterna pena,
con tanta fuerza y tan estrecho atado,
que no pudiera de ella verme suelto
en virtud propia ni en virtud ajena,
sino de aquella (llena
de piedad tan fuerte)
bondad, que con su muerte a nuestra muerte
mato, y gloriosamente hubo deshecho,
rompiendo el amoroso y sacro pecho,
de donde mana soberana fuente
de gracia y de salud a toda gente. En esto plugo a la bondad inmensa
darme otro ser mas alto que tenia,
banandome en el agua consagrada
quedo con esto limpia de la ofensa,
graciosisima y bella el alma mia,
de mil bienes y dones adornada
en fin, cual desposada
con el Rey de la gloria,
¡oh, cuan dulce y suavisima memoria!,
alli la recibio por cara Esposa,
y alli le prometio de no amar cosa
fuera de el o por el, mientras viviese.
¡Oh, si, de hoy mas siquiera, lo cumpliese! Creci despues y fui en edad entrando
llegue a la discrecion, con que debiera
entregarme a quien tanto me habia dado,
y, en vez de esto la lealtad quebrando,
que en el bautismo sacro prometiera
y con mi propio nombre habia firmado,
aun no hubo bien llegado
el deleite vicioso
del cruel enemigo venenoso,
cuando con todo di en un punto al traste.
¿Hay corazon tan duro en si, que baste
a no romperse dentro en nuestro seno,
de pena el mio, de lastima el ajeno? Mas que la tierra queda tenebrosa,
cuando su claro rostro el sol ausenta
y a banar lleva al mar su carro de oro
mas esteril, mas seca y pedregosa,
que cuando largo tiempo esta sedienta,
quedo mi alma sin aquel tesoro,
por quien yo plano y lloro,
y hay que llorar contino,
pues que quede sin luz del Sol divino,
y sin aquel rocio soberano,
que obraba en ella el celestial verano
ciega, disforme, torpe y a la hora
hecha una vil esclava de senora. ¡Oh, Padre inmenso, que inmovible estando
das a las cosas movimiento y vida,
y las gobiernas tan suavemente!,
¿que amor detuvo tu justicia, cuando
mi alma tan ingrata y atrevida,
dejando a ti, del bien eterno fuente,
con ansia tan ardiente
en aguas detenidas
de cisternas corruptas y podridas,
se echo de pechos ante tu presencia?
¡Oh, divina y altisima clemencia,
que no me despenases al momento
en el largo profundo del tormento! Sufriome entonces tu piedad divina
y sacome de aquel hediondo cieno,
do, sin sentir aun el hedor, estaba
con falsa paz el anima mezquina,
juzgando por tan rico y tan sereno
el miserable estado que gozaba,
que solo deseaba
perpetuo aquel contento
pero soplo a deshora un manso viento
del Espiritu eterno, y, enviando
un aire dulce al alma, fue llevando
la espesa niebla que la luz cubria,
dandole un claro y muy sereno dia. Vio luego de su estado la vileza,
en que, guardando inmundos animales,
de su tan vil manjar aun no se hartara
vio el fruto del deleite y de torpeza
ser confusion, y penas tan mortales
temio la recta y no doblada vara,
y la severa cara
de aquel juez sempiterno
la muerte, juicio, gloria, fuego, infierno,
cada cual acudiendo por su parte,
la cercan con tal fuerza y de tal arte,
que, quedando confuso y temeroso,
temblando estaba sin hallar reposo. Ya que, en mi vuelto, sosegue algun tanto,
en lagrimas banando el pecho y suelo,
y con suspiros abrasando el viento:
«Padre piadoso, dije, Padre santo,
benigno Padre, Padre de consuelo,
perdonad, Padre, aqueste atrevimiento
a vos vengo, aunque siento,
de mi mismo corrido,
que no merezco ser de vos oido
mas mirad las heridas que me han hecho
mis pecados, cuan roto y cuan deshecho
me tienen, y cuan pobre y miserable,
ciego, leproso, enfermo, lamentable. Mostrad vuestras entranas amorosas
en recebirme agora y perdonarme,
pues es, benigno Dios, tan propio vuestro
tener piedad de todas vuestras cosas
y si os place, Senor, de castigarme,
no me entregueis al enemigo nuestro
a diestro y a siniestro
tomad vos la venganza,
herid en mi con fuego, azote y lanza
cortad, quemad, romped sin duelo alguno
atormentad mis miembros de uno a uno,
con que, despues de aqueste tal castigo,
volvais a ser mi Dios, mi buen amigo ». Apenas hube dicho aquesto, cuando
con los brazos abiertos me levanta
y me otorga su amor, su gracia y vida,
y a mis males y llagas aplicando
la medicina soberana y santa,
a tal enfermedad constituida,
me deja sin herida,
de todo punto sano,
pero con las heridas del tirano
habito, que iba ya en naturaleza
volviendose, y con una tal flaqueza,
que, aunque sane del mal y su accidente,
diez anos ha que soy convaleciente.

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