De jovino a anfriso
[Segunda version] Credibile est illi numen ineste loco. (OVIDIO) Desde el oculto y venerable asilo,
do la virtud austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se esconde,
Jovino triste al venturoso Anfriso
salud en versos flebiles envia.
Salud le envia a Anfriso, al que inspirado
de las mantuanas Musas, tal vez suele
al grave son de su celeste canto
precipitar del viejo Manzanares
el curso perezoso, tal suave
suele ablandar con amorosa lira
la altiva condicion de sus zagalas. ¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
a quien no dio la suerte tal ventura
pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla
logro arribar a puerto tan seguro,
que esconderla supiera en este abrigo,
a tanta luz y ejemplos ensenado!
Huyera asi la furia tempestuosa
de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
entre sustos y lagrimas corridas.
Asi tambien del mundanal tumulto
lejos, y en estos montes guarecido,
alguna vez gozara del reposo,
que hoy desterrado de su pecho vive. Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
de la virtud arrastra la cadena,
la pesada cadena con que el mundo
oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
en cuyo oido suena con espanto,
por esta oculta soledad rompiendo,
de su senor el imperioso grito! Busco en estas moradas silenciosas
el reposo y la paz que aqui se esconden,
y solo encuentro la inquietud funesta
que mis sentidos y razon conturba.
Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al partir del mundo
dejo Bruno en sus hijos vinculada,
nunca en profano corazon entraron,
ni a los parciales del placer se dieron. Conozco bien que fuera de este asilo
solo me guarda el mundo sinrazones,
vanos deseos, duros desenganos,
susto y dolor empero todavia
a entrar en el no puedo resolverme.
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a muy mas dura esclavitud me guia.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
por todas partes los pesados grillos,
que de la ansiada libertad me privan. De afan y angustia el pecho traspasado,
pido a la muda soledad consuelo
y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro rio las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra,
corro por todas partes, y no encuentro
en parte alguna la quietud perdida.
¡Ay, Anfriso, que escenas a mis ojos,
cansados de llorar, presenta el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano orno Naturaleza.
Partele en dos mitades, despenado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro rio sobre el verde margen
crecen frondosos alamos, que al cielo
ya erguidos alzan las plateadas copas
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque ombrio
hasta la falda del vecino monte
se extiende, tan ameno y delicioso,
que le hubiera juzgado el gentilismo
morada de algun dios, o a los misterios
de las silvanas driadas guardado.
Aqui encamino mis inciertos pasos
y en su recinto ombrio y silencioso,
mansion la mas conforme para un triste,
entro a pensar en mi cruel destino.
La grata soledad, la dulce sombra,
el aire blando y el silencio mudo
mi desventura y mi dolor adulan. No alcanza aqui del padre de las luces
el rayo acechador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusion el rostro
de un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
aqui tampoco la quietud de un triste,
pues solo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimero arrullo,
tal vez el melancolico trinado
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el cefiro suave,
las copas de los arboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido
mientras al dulce soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos circulos al suelo
cubrenle en torno, y la frondosa pompa
que al arbol adornara en primavera,
yace marchita, y muestra los rigores
del abrasado estio y seco otono.
¡Asi tambien de juventud lozana
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de fastidio
o de capricho femenil las tala
y lleva por el aire, cual las hojas
de los frondosos arboles caidas.
Ciegos empero y tras su vana sombra
de contino exhalados, en pos de ellas
corremos hasta hallar el precipicio,
do nuestro error y su ilusion nos guian. Volamos en pos de ellas, como suele
volar a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas
el preparado visco le detiene
lucha cautivo por huir y en vano
porque un traidor, que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o carcel dura. ¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
un pronto desengano corrio el velo
de la ciega ilusion! ¡Una y mil veces
dichoso el solitario penitente,
que, triunfando del mundo y de si mismo,
vive en la soledad libre y contento!
Unido a Dios por medio de la santa
contemplacion, le goza ya en la tierra,
y retirado en su tranquilo albergue,
observa reflexivo los milagros
de la naturaleza, sin que nunca
turben el susto ni el dolor su pecho.
Regalanle las aves con su canto
mientras la aurora sale refulgente
a cubrir de alegria y luz el mundo.
Nacele siempre el sol claro y brillante,
y nunca a el levanta conturbados
sus ojos, ora en el oriente raye,
ora del cielo a la mitad subiendo
en pompa guie el reluciente carro,
ora con tibia luz, mas perezoso,
su faz esconda en los vecinos montes. Cuando en las claras noches cuidadoso
vuelve desde los santos ejercicios,
la plateada luna en lo mas alto
del cielo mueve la luciente rueda
con augusto silencio y recreando
con blando resplandor su humilde vista,
eleva su razon, y la dispone
a contemplar la alteza y la inefable
gloria del Padre y Criador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos,
que en los palacios y dorados techos
nos turban de contino, y entregado
a la inefable y justa Providencia,
si al breve sueno alguna pausa pide
de sus santas tareas, obediente
viene a cerrar sus parpados el sueno
con mano amiga, y de su lado ahuyenta
el susto y las fantasmas de la noche. ¡Oh suerte venturosa, a los amigos
de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
de los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrio!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria
taciturna mansion! ¡Oh quien, del alto
y proceloso mar del mundo huyendo
a vuestra eterna calma, aqui seguro
vivir pudiera siempre, y escondido! Tales cosas revuelvo en mi memoria,
en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche y con su manto
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
a los medrosos claustros. De una escasa
luz el distante y palido reflejo
guia por ellos mis inciertos pasos
y en medio del horror y del silencio,
¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,
mi corazon palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se estremecen
mis carnes y discurre por mis nervios
un subito rigor que los embarga. Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz tremenda, que rompiendo
el eterno silencio, asi me dice:
«Huye de aqui, profano, tu que llevas
de ideas mundanales lleno el pecho,
huye de esta morada, do se albergan
con la virtud humilde y silenciosa
sus escogidos huye y no profanes
con tu planta sacrilega este asilo. » De aviso tal al golpe confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los pavorosos transitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo
el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que llegue
a mis ojos el sueno, ni interrumpan
sus regalados balsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risuena aurora
la luz aborrecida, y en pos de ella
el claro dia a publicar mi llanto
dar nueva materia al dolor mio.

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