Cuadros
A Marina Bofill de Portela,
mi madre Madre sentada en mecedora
levitando sobre perfume de magnolias.
Ni su densa presencia ni el rumor de
las vagas estelas del alba
deslizandose sobre rayos de urgencia
en las calidas noches
donde suenan las densas aguas
del deseo y algo mas hondo que el abismo
u oscuro que la pasion de un muerto,
danza en la noche la danza
extatica del mito.
Alli el perfume de la memoria
encendida en las brasas que
alguien dejo a la vera de un sendero
sencillo cuando aun las
soledades desplegando raices
en el exilio del verbo buscaban
decirse a si mismo una historia,
bastarse poseyendote al poseerse
en la misa de la pasion total,
del absoluto, no, ni madre
en mecedora sostenida por la blancura
de jazmines en lo mas entranable
del aura ensimismado,
no, ni madre en mecedora lograron
hacer de ti algo mas que el
destello de una vaga esperanza,
una pasion de rayos y tormentas
demoradas que caen para impetrar
la suerte y solo en suenos
halla su vida y forma o
una paz anterior a los duelos
que ya entonces, en mitad
de la noche del tropico,
derramaban su luto
sobre la soledad que se extasiaba
en sombras y dias de encantos
o presagios sin memorias ni Ecos.
No, ni madre en mecedora, alla
solemnemente enlutandose en aromas que
no penetraban en mi ni en los
espejos de las aguas mas dulces
donde la voluntad se dicta
un mundo y un mensaje de suenos,
aqui, abandonado a la intemperie
de lo que no puede decirse,
el signo abriendose como una
herida, desamparandome de mi,
extraviandome una y otra vez
en mi, condenandome a esta vasta
aventura de los nombres
y de la soledad que ni madre
espectral sobre memorias,
solisima sobre hondos perfumes,
exorcizar podria y ahora podeis
verme deshabitandome de mi,
de nombres y de amparos,
de historias que el viento olvida,
aqui, desexhumandome, en mitad
de jardines sonados, endemoniandome
ya sin nombre o guarida,
enloqueciendo y solo atento
a los olores del sexo del
viento extraviado en mis manos
o de un cuerpo pequeno, piel
ignorada, purisima, como de madre
en la noche de los designios,
desposeyendome
de todo, aniquilandome convulso
O enloquecido de pavor y
exequias, sin comprender, salvo a
mi madre en mecedora, aun
envenenada por los dulces olores
que no expulsaron la soledad
de mi, hundido en noche erratica
y sin penas, caminando hacia
el fatal olvido, el pliegue
incompasible donde nacen los
limites ambiguos, y el no saber,
que entramados proyectan
los haces de la suerte y de la muerte. Poema inedito proporcionado por el autor

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