Poesia funeraria

Poema:

Indiscutiblemente, en casas de arriendo,
a la ribera del pan y su situacion aldeana de sombrero de sol,
contra empleados grandes o desesperados
y viudas terribles, que desprenden cabellos de estructura amarilla,
asi moriremos, tal vez, al bramar contra la montana.
Despues de haber gastado electricidad y pantalones,
sudando terror y dignidad de asesino al cual van a fusilar los aterrados soldados,
y mirando, con la dentadura repleta de misterio,
como la querida mujer ya estara ruinosa y rajada de anos, y enormemente
grandiosa de grandiosidad inutil,
y aprieta su triste carne contra las murallas,
o estara llena de llamas, como en la epoca del durazno que fue paloma, y cuando nos miramos ante un muerto.
Se destruye la esperanza humana, la azucena,
y su escudo va corroyendose de herrumbre entre azules tiestos y serios difuntos
en espectaculo,
luego se gasta la gana llevada adentro
y unos orines con cementerio azotan este sepulcro de condicion boreal, que el catre parece,
resonando.
No haber bebido,
¡ah!, no haber bebido mas tinajas del principal vino tinto, del substancial elemento de abejas
eternas,
no haber tenido el cintunon del general de tribu,
y aquella gran cama tirada de mundo a mundo,
en donde creciesen bestias agrestes,
abejas de funeral, panteras del tormento a la guitarra, relampagueando,
y una gran espada roja
con la cual escribir la revolucion proletaria,
y, en aquellos millones de atardeceres,
en los que nos sacamos los zapatos, sollozando,
no haber venido la luna desnuda
que florece, eternamente, a consolar a los moribundos.
A la criatura, como se le despluma y como se le inunda, a la simultaneidad, el reflejo
de materia de sepulcro,
porque es lugubre cuando fallan las glandulas,
y en lo hondo del higado del hombre se deshojan las violetas.
Hay que poseer el heroismo de agonizar correctamente,
clavando los dedos de los ojos y su punal en la tiniebla acumulada,
sin abandonar la voluntad de podrirse.
Ahora, si sabemos de que manera las plantas de los pies rajan la miseria solar y alguna vez le oimos la bala a la tumba,
y el oro y el hecho en la garganta se nos va a atajar.
Si catre de bronce adquiere, morira el burocrata contento como gusano,
con la lengua afuera entre la familia,
enderezando su conciencia de bruto y de pajaro y de siervo,
como quien levanta la casa
y la va a ubicar en donde concluyen las cosas.
Se apagaron todas las lamparas, gotea el viento, y el sol toma la forma del embudo.
En aquel entonces entenderemos al que asalto y degollo a la humanidad para comprarle
laureles a su amiga,
al que edifico su tribu en la plaza publica gritando como acero,
al que desgarro mujeres y naciones y se revolco con todos los relampagos, en la sociedad
y sus potreros de desventura,
y no nos entenderemos nosotros, porque todo ha sido inutil y se ha perdido:
un traje, heroico de terrores, cubriendo tiempos eternos, y el infinito alimento provinciano,
morir en colchon, enormemente estupendo y afligido,
rempujando amargos carros de tercera, rempujando empenos, rempujando
cantando, rempujando abismos, rempujando palomas, abandonados,
porque el que se muere es el y su corazon, el que se muere, entonces,
y a quien invaden las poderosas arenas, el mar oceano, su caballo gris, y la
perla obscura, que esta dentro de la naranja,
aunque se designe Lucho o Domingo o Pancho.
Los que ardientes y alegres estabamos,
cabelleras de sepultura arrastrando, nos iremos descomponiendo y haciendo aceite,
haciendo narices, haciendo gusanos, haciendo historia,
hasta que quedemos desnudos, sin carne, sin entranas, sin huesos,
nosotros, sin nosotros,
solamente un agujero de lo que fuimos, cuando con esto eramos esta misma lengua,
cuando ni siquiera el hombre
nunca fue lo que queria y lo que podia, nunca,
y toma, tambien, hacia la vida dispersa,
cansado e insatisfecho, como los caballos del idealista.
Alli, una sola uva sera igual a una culebra y a una idea, o a un becerro de parafina,
y el escorpion sobre muchachas en violeta,
o anidara la arana religiosa en cuna de pajaro, desnudandose
deshojando sus arboles, los acontecimientos
cubriran el rol de la hoja caida, su silabario amarillo
a tal altura, miserables botellas de soldado,
la espantosa necesidad de agarrarse a los propios suspiros, aranandolos colchon abajo,
derrumbandose,
cuando inicia la agonia su invasion de naufragio, de inundacion tremenda,
y pierden los muebles hecho, empieza a hacerse uno todo girando, gritando, rodando en voragine,
para que caiga ahi el difunto en su pellejo.
Rosas sobre negro y negros pueblos de viento,
amargura en fermentacion de adioses, temporal de tripas a las lagrimas, creciendo los pelos en la obscuridad su alarido.
No digamos el porvenir de sollozos,
cuando la futura ciudad con nosotros cal y cemento organice,
entonces, soledad colosal del atomo,
contra nuestra forma y su ambito: su ambito, ¡oh! naufragado corazon,
la intimidad desencadenada,
su no oido grito, su grito tenaz, su grito de sangre que perece,
recuperando el terror inicial.
Solamente, no haber podido nunca comprender adentro, en los huesos,
que lo substancial no somos nosotros, nuestro proceder, nuestros zapatos,
nuestros amores, nuestros sentidos, nuestras costillas, nuestras ideas,
sino el universo infinito y la sociedad aclamandolo,
la energia historico-dialectica, expresandose por la persona y la transitoriedad de la persona,
sobre estos atados turbios y polvorosos,
que pudiesen ser manzanas o polvora grande,
la afligida costumbre, el heroe,
lo abandonado, lo obscuro y copreterito en las burocracias acumuladas,
el afan de afanes, tantas cosas duras con pecho rosado,
en las que ubicamos nuestro poderoso amor y su latigo — y a alga marina su calzon echaba aroma-,
porque la abrazabamos desnuda, se ponia mas bonita,
riendose, blanca como plata o como agua, al agitar la bandera negra del pelo contra los desiertos,
encima de este, aqueste monton de terror en el que nos morimos.
He ahi la conciencia y el ser, mezclandose de arboles incendiados y panoramas, a la cancion preterita,
revolviendo sesos y versos en la memoria —un grande espacio —, y entra el muerto
a la izquierda, y aquel pajaro en cantico de los alamos del cementerio,
peleando con nosotros, agusanados, como sardina podrida, o embalsamados en caricatura de almacen triste,
Porque tiene gusto a muerte la comida,
y olor a adios y a muerte la piel y todos los negocios,
la fruta, la plata, la ropa, la sepultura,
y solo la hoz y el martillo nos alumbran la materia,
como grandes casas de hierro con incendio.

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