La cartuja

Poema:

Este vetusto monasterio ha visto,
secos de orar y palidos de ayuno,
con el breviario y con el Santo Cristo,
a los callados hijos de San Bruno. A los que en su existencia solitaria
con la locura de la cruz, y al vuelo
misticamente azul de la plegaria,
fueron a Dios en busca de consuelo. Mortificaron con las disciplinas
y los cilicios la carne mortal,
y opusieron, orando, las divinas
ansias celestes al furor sexual. La soledad que amaba Jeremias,
el misterioso profesor de llanto,
y el silencio, en que encuentran armonias
el sonador, el mistico y el santo, fueron para ellos minas de diamantes
que cavan los mineros serafines,
a la luz de los cirios parpadeantes
y al son de las campanas de maitines. Gustaron las harinas celestiales
en el maravilloso simulacro,
herido el cuerpo bajo los sayales,
el espiritu ardiente en amor sacro. Vieron la nada amarga de este mundo,
pozos de horror y dolores extremos,
y hallaron el concepto mas profundo
en el profundo «De morir tenemos ». Y como a Pablo e Hilarion y Antonio,
a pesar de cilicios y oraciones,
les presento, con su hechizo, el demonio
sus mil visiones de fornicaciones. Y fueron castos por dolor y fe,
y fueron pobres por la santidad,
y fueron obedientes porque fue
su reina de pies blancos la humildad. Vieron los belcebues y satanes
que esas almas humildes y apostolicas
triunfaban de maleficos afanes
y de tantas acedias melancolicas. Que el Mortui estis del candente Pablo
les forjaba corazas arcangelicas
y que nada podia hacer el diablo
de halagos finos o anagazas belicas. ¡Ah!, fuera yo de esos que Dios queria,
y que Dios quiere cuando asi le place,
dichosos ante el temeroso dia
de losa fria y Resquiescat in pace! Poder matar el orgullo perverso
y el palpitar de la carne maligna,
todo por Dios, delante el Universo,
con corazon que sufre y se resigna. Sentir la uncion de la divina mano,
ver florecer de eterna luz mi anhelo,
y oir como un Pitagoras cristiano
la musica teologica del cielo. Y al fauno que hay en mi, darle la ciencia
que al Angel hace estremecer las alas.
Por la oracion y por la penitencia
poner en fuga a las diablesas malas. Darme otros ojos no estos ojos vivos
que gozan en mirar, como los ojos
de los satiros locos medio-chivos,
redondeces de nieve y labios rojos. Darme otra boca en que queden impresos
los ardientes carbones del asceta
y no esta boca en que vinos y besos
aumentan gulas de hombre y de poeta. Darme otras manos de disciplinante
que me dejen el lomo ensangrentado,
y no estas manos lubricas de amante
que acarician las pomas del pecado. Darme otra sangre que me deje llenas
las venas de quietud y en paz los sesos,
y no esta sangre que hace arder las venas,
vibrar los nervios y crujir los huesos. ¡Y quedar libre de maldad y engano,
y sentir una mano que me empuja
a la cueva que acoge al ermitano,
o al silencio y la paz de la Cartuja!

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