Canto i
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atras queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el nino y el leopardo.
Atras quedan los dias, con lagos, nieves, renos,
con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atras quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atras quedan las glorias como antorchas que apagan
rafagas seculares.
Atras quedan las puertas quejandose en el viento.
Atras queda la angustia con espejos celestes.
Atras el tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
El tiempo que levanta y desgasta columnas,
y murmura en las olas milenarias del mar.
Atras queda la luz banando las montanas,
los parques de los ninos y los blancos altares.
Pero tambien la noche con ciudades dolientes,
la noche cotidiana, la que no es noche aun,
sino descanso breve que tiembla en las luciernagas
o pasa por las almas con golpes de agonia.
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos,
refrescando el regazo del agua en las montanas,
lanzando los caballos hacia azules riberas,
mientras la eternidad, entre luces de oro,
avanza silenciosa por prados siderales.

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