Canto iv
Lo que siento en mi sangre como un reloj de arena,
cerca de algun retrato, del hilo y del salero
lo que escucho en mi sangre como un rumor del dia,
cuando una mariposa de la noche
viene a besar la sombra de nuestro corazon
lo que escucho en mi sangre como acordes de luto,
cuando todo se apaga y todo es un ayer,
con rostros, con cenizas y manos en la sombra
lo que escucho en mi sangre como grano que cae
en la penumbra de los aposentos,
donde el espejo de hundida confidencia
destruye vanamente las mascaras del hombre:
lo que escucho en mi sangre como flautas del sol,
cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia
como en una lejana colina de vendimias
cuando el pensamiento transforma mis secretos
en abismos de yedras,
y reclino mi frente sobre el vino nocturno
cuando siento mis pasos en la tierra,
cuando digo: tierra,
y se que estoy aqui iluminandome,
amandola y oyendo su mandato, que es el existir,
en lo que desciende en secreto hacia mi muerte:
rumor que me sostiene y me dibuja
en mi retrato antiguo,
con un halcon sobre el hombro,
en la penumbra de tus olivares:
marco de la conciencia,
enigma de viejos muros,
caida de la luz en la tristeza,
heno en la tarde, nubes de soledad,
higueras de la noche en forma de esqueletos,
mirada hacia la sombra del jaguar.
No somos habitantes de la luz.
Hay lenguas de tinieblas y signos ardorosos
danzando en torno nuestro.
Se nos cae la mirada en anillos de luto,
en juncales de miedo, en estrellas de plata.
La frente va perdida, como rafaga fria
por la humedad nocturna de los espantapajaros.
¿Cuando sale de ti mi oscuro andar?
Atras quedan abismos en que mis ojos caen.
El hombre es de la noche que lo sigue,
sueno que el sol defiende,
parentesis de incierta maravilla,
imagen que derriba la tiniebla.
Aun mi madre contempla tu retrato
y en su cabello blanco se hace un lejano resplandor.
Aqui en la tierra estoy, aqui en la tierra,
y en tu muerte, disperso en mis sentidos.
Y persisten los ojos, las brasas del peligro.
Y el habito de andar por los sonidos,
por la humedad, la risa, las tinieblas,
donde las lumbres danzan
como reminiscencias de muertes familiares.
Y todo avanza en mi y todo cae, y todo es un rumor,
un acercarse y amar, y un sufrir por lo amado,
y un llevarlo todo al sueno
y hacer de la tierra un sueno.
Y es lo que viene ardiendo, sonando como un trueno
sobre un nino,
desde tu vida dura, desde tu muerte sola,
tu muerte semejante a una llanura,
donde curva la noche su lentitud de estrellas,
con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos,
con guitarras caidas junto al corazon,
con una copla del diablo,
con el azufre del Tirano Aguirre
danzando en las colinas
y lejanos relampagos antiguos
en un denso horizonte con sombras de diluvio,
y el viento que resuena sobre el sordo tambor
de la tierra caliente,
del agua del caiman y el venenoso diente.
Padre mio, padre de mi huracan. Y de mi poesia.

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